Como Shaun Taun: La cosa perdida
Aquel calcetín olvidado
Ahora, aunque astroso, deshilachado y viejo, soy tan feliz dando cobijo y calor a estos indefensos ratoncillos que hasta mi boca raída, aplastada y deforme intenta esbozar una sonrisa.
Pero mi historia comenzó mucho tiempo atrás. Entonces ya
había dejado de pensar, de idear planes, de tener expectativas. Resignado a mi
suerte había renunciado a toda esperanza. Así, instalado al otro lado de la
desesperación, perdí la cuenta de los días, de los meses… ¿Cuántos años colgado
en esta cuerda destensada y mohosa, uncido a ella de manera permanente?
Aquí todo es silencio; tan sólo el débil murmullo de las
polillas al roer la madera lo perturba. Multitud de cosas inútiles me
acompañan, mudas y sordas: ese cesto de mimbres destejidos, el cuadro con el
cristal roto y su virgen desteñida, aquellos pucheros de barro desportillados,
la silla quebrada y sin respaldo… todos, definitivamente, fuera del tiempo.
Pero hoy, no sé por qué, esa tenue luz que, como cada día,
sorteando las tejas rotas y descolocadas del tejado, atraviesa las nubes de
telarañas del techo, ha turbado mi quietud y me ha traído recuerdos pasados que
de nuevo me hieren y martirizan. Me veo dentro de un balde de hojalata en
confusa compañía de cosas como yo. Una a una nos colgaron en esta cuerda,
entonces tensa y limpia; las recuerdo a mi lado; nos hacíamos compañía; nos
distraía un sonido intermitente de gotas de agua bajo nosotras. Yo estaba en el
extremo de la cuerda; a mi lado, una camisa; más allá, otros calcetines,
toallas, medias, camisetas, pañuelos, bragas…
Al día siguiente, una señora de andar lento y rostro fatigado
de años, fue descolgando cada una de aquellas prendas, pero, a mí, me dejó allí
olvidado; tal vez pensaría recogerme más tarde... Jamás vino a buscarme.
Todo fue silencio hasta que aquella mortecina luz turbara la
quietud en la que estaba sumido. Oí voces y ruido; unos hombres entraron en el
desván; metieron en sacos todos los cachivaches y trastos; a mí me tocó la
misma suerte y acabé en una de aquellas sacas. Dentro reinaba la confusión y el
desorden. Lo que ocurrió después fue tan rápido que hasta los recuerdos me han
abandonado. Sólo me queda una sensación borrosa de haber caído en un lugar
extraño, lleno de cosas extrañas. El resto, hasta llegar a la ratonera, es
historia sin importancia.
Paulino Carasa
Patricia Ríos
LA COSA PERDIDA
El sombrero extraviado.
Me llamo Trespicos y soy un sombrero, mi aristocrático dueño es Conde, aunque lo que de verdad esconde son sus penurias. Yo había sido su compañero fiel durante muchos años, acompañándolo en paseos por el parque, en reuniones con amigos y en momentos de reflexión bajo el sol. Sin embargo, todo cambió cuando el Señor Conde, calándome sobre su aristocrática testa, salió a dar un paseo por el parque.
Al principio no estaba preocupado. Había cesado la lluvia y pensé que Don Agapito volvería pronto a buscarme. Pero las horas pasaron y el sol comenzó a ocultarse tras los árboles. La gente seguía caminando por el parque, algunos miraban hacia abajo, pero nadie parecía notar mi presencia. Sentí una punzada de tristeza al darme cuenta de que estaba solo.
La noche llegó y con ella la oscuridad. Escuché los sonidos del parque: risas lejanas, el canto de los grillos y una pareja de enamorados haciéndose carantoñas. Me preguntaba si alguna vez volvería a ver a mi distinguido conde o si mi destino sería permanecer allí para siempre.
Amaneció un nuevo día y una niña llegó al parque con su abuelo. Mientras jugaba cerca de donde yo estaba escondido entre la hierba, su mirada curiosa se posó sobre mí. Con sus manos pequeñas y delicadas, me recogió y sonrió imaginándome junto a sus otros tesoros.
Marta, así se llamaba la niña, me llevó a su casa y me presentó a otros objetos perdidos que había encontrado en sus paseos. Juntos exploramos rincones olvidados y creamos historias fantásticas sobre cómo habíamos llegado allí.
A pesar de lo divertido que era estar con mis nuevos amigos, no podía evitar sentir nostalgia por mi noble dueño. Pero yo ya había aceptado mi destino como el sombrero olvidado en el parque. Así es la vida de un objeto perdido: lleno de esperanzas y sueños de aventuras, pero atrapado en situaciones absurdas donde uno termina siendo sólo un accesorio olvidado en un mundo lleno de distracciones humanas.
José Fco. Gómez
Confieso que para hacer este trabajo he gastado unos miles de neuronas dándole vueltas y mas vueltas a mi mente para cumplir con lo requerido por la “profe”: Un relato sobre “la cosa perdida”, pero la “cosa” seréis vosotros, cada uno de vosotros, aclaró. Me asaltaban sin cesar preguntas y respuestas varias y a veces incluso contradictorias. ¿Cómo diablos voy yo a ser una cosa? Y si no soy una cosa ¿Cómo demonios enfoco el tema de la cosa rara, absurda y fea que está perdida? Si soy un ser viviente no puedo ser una cosa. Y si soy una cosa como diablos pienso, escribo, digo o relato. A ver, debido a mi extremado despiste para andar por la vida, soy muy despistado, la verdad, mi esposa me increpa frecuentemente “eres un caso perdido”, pero soy un caso, no una cosa. En fin, menos divagaciones truculentas y al grano. Gracias a la “profe” por haber entretenido mi mente mucho tiempo durante la semana y hay va la “tontada” que se me ha ocurrido.
Eran tiempos turbulentos en el interior de mi mente. Caminaba por senderos hacia la cumbre de la montaña colindante a la ciudad donde vivo. Pensaba y pensaba y recitaba algunos versos de poemas recordados y de pronto, no sé explicar cómo ocurrió, lo dije o lo pensé aquella famosa frase bíblica de Jesús de Nazaret “Pedro, tú eres piedra…” y así, como por arte de magia celestial me vi convertido en piedra. Una más entre todas ellas, allí en pleno monte. Bueno, una más no, yo seguía siendo yo, pero en forma de piedra, eso sí, peculiar, diferente, con grandes salientes y entrantes, vamos rara, rara, rara. Un pedrusco amorfo, vaya. Y ¿ahora qué?, pensaba. Me dejo rodar ladera abajo o me acomodo entre los arbustos a la espera de a saber que dispone Dios (nunca mejor dicho) sobre mí. No hizo falta dejarme rodar ladera abajo, no. Una DANA anunciada generó torrentes de agua que me arrastraron hasta la llanura anexa a la ciudad, al borde mismo de una senda para caminantes. Allí, congestionada y triste quedé a la espera de futuros acontecimientos. Era una cosa singular a la que nadie miraba. Pasaban hombres y nada. Pasaban mujeres y nada. Pasaban niños y niñas y nada. Bueno un niño con cara y aires zascandiles me dio una buena patada y se fue. Mira ahora viene un anciano, lleva un bastón, parece cansado, si, está cansado y se sienta sobre mí. Me mira con ojos también cansados y parece pensar que soy una cosa rara, un pedrusco fuera de su sitio. Descansa unos minutos y se va mirándome con extrañeza. Me da un golpecito con su bastón como queriendo decirme adiós, ahí te quedas cosa fea.
Pasaron días y días, perdí la cuenta. Todo seguía igual. Llegó por fin un camión del Ayuntamiento y allí me cargaron. Me trasladaron a un lugar donde había múltiples trastos y enseres amontonados. Le llamaban el almacén de los objetos perdidos. Los oí comentar que a ese lugar se acercaban profesionales varios para recoger, gratis, aquello que les pudiera interesar. Al cabo de un tiempo, mucho, apareció un señor, de edad madura, que dijo ser escultor y se fijo en mí con mucho interés. Me llevó con él a su estudio y sobre mí esculpió un busto de una mujer con melena y rasgos orientales. Vaya por Dios, en que acabé. Nadie lo sabría nunca. Bueno, es posible que con el paso del tiempo llegará un príncipe, le diera un beso a la mujer estatua y, por magia celestial, (otra vez la magia celestial) yo volviese a ser yo. Joder, menudo susto para el príncipe (o no) y yo iba a escapar de allí como alma que lleva el diablo.
P.D. Conste que no me he fumado nada para concebir este relato. Lo juro.
Adela Gómez


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