A vueltas con los sentidos II
EL GUSTO
"La fritada ya estaba en la sartén, y cuando le di a la dorada el punto de sal probé el sabor con un poco de caldo" ( Saramago) .
Estaba bueno , pero pensé que un poco de vino blanco potenciaría el sabor.CONTINUANDO UN TEXTO DE SARAMAGO CON ATREVIMIENTO
La fritada ya estaba en la sartén y cuando empezó a dorarse, le tiré el arroz, lo revolví, le di el último punto de sal; probé el sabor con un poco de caldo…Me quemé la lengua y la boca. Noté un extraño sabor; ¿sería por estar tan caliente? Tomé otro poco de caldo con una cuchara; soplé hasta que estuvo templado; probé de nuevo; pero el extraño sabor todavía estaba allí.
No podía ser; había seguido fielmente las instrucciones de la receta para hacer aquel guiso y obtener una deliciosa paella. No lo iba a poder conseguir porque el caldo tenía un sabor raro, malo. Ni salado ni soso ni ácido ni insípido… ¿Cuál era el problema que provocaba ese sabor desagradable? La fritada; no podía ser otro, aunque no acertaba a explicármelo. La cebolla, el pimiento, cada una de las verduras estaban sanas y limpias; las había ido cortando una por una y todas parecían en perfecto estado.
Después añadí las almejas y el pescado. El aroma era
delicioso; me estimulaba el gusto y prometía un magnífico placer en la mesa; añadí
a continuación el agua de hervir unos mejillones y todo quedó dispuesto para
agregar el arroz… ¡Los mejillones! ¡Seguro que fueron los mejillones! ¿O fueron
las almejas? No tiene sentido buscar culpables. Ese sabor acre, extraño,
oscuro… ¿puede ser oscuro un sabor?... tal vez; al menos a mí me ha nublado el
día. Del gusto prometido y ansiado he pasado al más negro disgusto.
Paulino Carasa
Desarrollo de una cita
La
fritada ya estaba en la sartén y cuando empezó a dorarse, le tiré el arroz, lo
revolví, le di el último punto de sal, probé el sabor con un poco de caldo... (José Saramago)
Estaba
en su punto. Después de un par de horas de risas y trabajo, un delicioso
aroma emanaba de la paellera. Había llegado el momento que todos estaban esperando:
¡la degustación de la paella!
Con
una sonrisa de satisfacción, retiré la paellera del fuego y la coloqué en el
centro de la mesa. El arroz dorado brillaba bajo el sol, y los mariscos y las
verduras asomaban entre los granos como joyas en un tesoro.
Javier
llegó con varias botellas de vino blanco y cervezas frías. "Nada mejor
que un buen vino para acompañar esta obra maestra", dijo mientras
abría una botella y servía copas para todos.
"¡Listos
para la prueba!", exclamé, mientras servía generosas raciones
en platos humeantes. Cada uno ocupó su lugar alrededor de la mesa, ansiosos por
degustar tan apetitoso plato. Javier levantó su copa de vino y propuso un
brindis: "Por la amistad, por la buena comida y por muchos otros
momentos como este". Todos alzamos nuestras copas y brindamos con
entusiasmo.
El
primer bocado fue mágico. El sabor del marisco fresco se mezclaba perfectamente
con el arroz, que había absorbido todos los jugos y especias. Ana cerró los
ojos mientras saboreaba cada bocado, dejando escapar un suspiro de felicidad. "Esto
es increíble, Antonio, has superado todas las expectativas".
“Todo
comenzó con un reto” aportó Luis, “y después de muchos intentos
fallidos, hemos encontrado a nuestro “cocinillas”. Enhorabuena Antonio,
esto hay que repetirlo”.
A
medida que avanzaba la comida, iban surgiendo recuerdos comunes sobre vivencias
pasadas, sueños futuros y planes para nuevas aventuras. La paella no solo era
un plato delicioso; se había convertido en el hilo conductor de una tarde llena
de camaradería.
Henchido
de satisfacción me dejé caer en una tumbona presa del sopor. Me había ganado
una plácida siesta. Que recojan ellos.
DECISIÓN IRREVOCABLE
Hoy, día 27 de septiembre, estoy aquí sentado detrás del ventanal en la zona alta de la bodega. Ante mí, las viñas en la suave ladera de esa colina que mira hacia el sur protegidas de los fríos vientos del norte. Es un día enormemente triste; una persistente tormenta de viento huracanado, agua torrencial y granizos de gran tamaño, ha causado la ruina de la ya inminente y prometedora cosecha. No sólo se ha perdido esta, si no que la viña misma ha quedado seriamente dañada; difícilmente dará fruto el año que viene; además, habrá que arrancar muchas cepas que son ya irrecuperables. Abrumado ante la magnitud del desastre, sostengo en mi mano una copa con uno de mis mejores vinos conseguidos como enólogo-bodeguero. Por encima del dolor de la viña perdida, aprecio sus equilibrados taninos y su infinidad de matices. Me costó mucho alcanzar esta excelencia; estudié, investigué, me sobrepuse a todo…y el resultado fue óptimo, el esperado; no podía ser menos. Pero al ver ahora, cuando agito levemente la copa, esa lágrima que se desliza por el interior del cristal, hace que mis ojos también se humedezcan y se nublen ante el macabro espectáculo de las cepas destrozadas. Pese a ello, su sabor a vainilla, frutas maduras, notas florales, paso sedoso en boca con matices especiados que proporcionan un inolvidable postgusto, me trasporta a aquella fiesta que mi padre daba, tantos años atrás, para celebrar mi titulación académica e introducirme en su grupo de empresarios. El gusto indefinible del vino que se sirvió en el almuerzo se adueñó de mí y me atrapó de tal manera que cambió toda mi vida. Salí de la fiesta decidido a elaborar por mí mismo un vino como aquel.
Era joven, con mi carrera de Ciencias Empresariales recién
terminada; se abría ante mi un futuro lleno de buenos augurios; las empresas
familiares me esperaban para que, en breve, me hiciera cargo de la
administración de las mismas. Mis padres y mis tíos se felicitaban porque había
surgido, por fin, el continuador de sus largos años de trabajo hasta conseguir
aquella boyante posición económica.
Mi padre organizó una gran fiesta para presentarme, con gran
boato y solemnidad, a todos sus amigos empresarios; estaba exultante; por fin
había un heredero bien preparado y decidido a hacerse cargo de sus empresas;
seguro que las ampliaría y haría que alcanzasen nuevas cotas de éxito. Yo
también estaba decidido a utilizar mis conocimientos más innovadores para
llevarlo a cabo. No en vano había realizado estudios en las universidades más
prestigiosas de Alemania y Estados Unidos.
La fiesta-presentación tuvo lugar en los salones del hotel
Sheraton. Allí acudió lo más granado de la sociedad: industriales, banqueros,
economistas famosos e, incluso, intelectuales y teóricos de la ciencia y las
artes.
El ambiente no me era desconocido, pero tanta gente
importante me abrumaba; no obstante, tras unos primeros momentos de cierta
timidez, me distendí y conseguí moverme entre aquella élite con soltura y no
poco desparpajo.
Después de las presentaciones, los canapés, aperitivos,
brindis, risas y situaciones variopintas, pasamos al comedor. A mí me situaron
en la parte más noble de la mesa, entre mi padre y mis tíos. Los tres, unidos
siempre, habían conseguido elevar la empresa a su gran nivel actual haciendo
frente, por el camino, a multitud de vicisitudes y dificultades.
Todo fue normal hasta que me sirvieron un vino que nunca
antes había probado. Agité suavemente la copa, con gestos circulares para que
el vino soltara sus aromas; los aspiré con fruición. La lágrima que resbalaba
lentamente por el cristal de la copa me hizo notar su perfecto grado de acidez.
Bebí despacio, saboreando y captando sus matices; lo tragué. Bebí de nuevo y
fue como si un río de gozo, de frescura, de notas florales, de frutas, de leves
tintes de madera …manase de mi boca y me inundara todo por dentro. Y entonces
tomé la decisión. Yo tenía que elaborar un vino tan sublime como aquel; lo
conseguiría.
No hubo más en mi cabeza durante el resto de la comida; sólo
el vino. No abusé de él pues no quería que el alcohol me privase del placer, de
la delicia y de los sentimientos que aquel vino producía en mí.
Y se lo dije a mi padre y a mis tíos. No voy a entrar en la
empresa, ni a dirigirla ni a hacerme cargo de ella. Voy a dedicar todos mis
esfuerzos, toda mi vida a obtener un vino tan exquisito, tan extraordinario
como el que hoy se ha servido. La decepción de los míos fue enorme, pero la
decisión estaba tomada. Yo mismo acepté que era una actitud temeraria y
arriesgada, con amplias posibilidades de fracaso. No quise plantearme ni
aceptar ninguna duda; estaba seguro de que, si no lo hacía así, yo mismo
acabaría renunciando a la idea y desistiendo de la misma.
No hubo más discusiones. Tuve suerte; mi familia, a pesar del
gran disgusto que les produje, no me abandonaron. Con su ayuda, aunque después
les devolví los créditos, compré siete hectáreas de terreno orientado al sur en
la ladera de una colina. Y allí planté las viñas...
Han pasado muchos años desde aquel día en que decidí
dedicarme a cultivar la tierra. No sabía nada de agricultura ni había tenido
ningún contacto con el campo y la labranza… Hoy, pese al desastre que se
extiende ante mí, no me arrepiento de aquella decisión.
Paulino Carasa
ODIABA EL TOMATE
Hoy ya no siento ningún rechazo; más bien al contrario. Cada
vez que me preparo esas rodajas de tomate en su punto de madurez y le añado una
pizca de sal, un poquito de orégano desecado y un generoso chorro de buen
aceite, antes de comerlo ya estoy gozando de su exquisito gusto imaginado.
Pero no siempre fue así; durante muchos, muchos años, yo era incapaz de meter un mínimo trozo de tomate en mi boca; tan sólo pensarlo, se producía un rechazo instintivo tan acusado que llegaba a la náusea. De nada servían ni sirvieron los consejos y los ánimos para vencer esa resistencia. Con grandes esfuerzos llegué a hacer intentos por comerlo; todo fue en vano. No podía distinguir si era el sabor o la textura o ambas cosas a la vez, pero el gusto, el sabor que yo percibía me impedía tragar la más mínima porción de tomate.
Así pasaron tantos años. Lo tenía totalmente asumido; rodajas de tomate, ensaladas con tomate, tostadas untadas con tomate…yo las rechazaba sistemáticamente. En
alguna situación sentí la necesidad de dar explicaciones por mi actitud; eso me
producía un cierto embarazo y desconfianza hacia mí mismo; a veces parecía el
raro de la comida, o eso imaginaba yo.
Pero un día, ya frisaba yo los cincuenta, todo cambió. Ese
año, el departamento de inglés del colegio en el que trabajaba, decidió llevar
a los alumnos a Inglaterra, a Walton-on-Thames en los alrededores de Londres.
Tanto los estudiantes como los profesores, nos quedábamos en familias. Cada
día, a última hora de la tarde, dejábamos a los muchachos en la familia que les
correspondía. Los recogíamos por la mañana para realizar las visitas
programadas. Las familias nos daban la cena y el desayuno y un picnic, al salir
de casa, para el resto del día.
La primera cena, en casa de la familia donde yo estaba
hospedado, se componía de tomate cortado en trozos mezclado con otra verdura
que no recuerdo bien; posiblemente fueran judías verdes poco cocidas. Después
había carne. A mí, ante aquel plato con las abundantes porciones de tomate, se
me vino el mundo encima. Mi nivel de inglés era bastante deficiente como para
explicar mis problemas con el tomate. ¿Qué hacer? Sólo se me ocurrió meter el
tomate en la boca y tragarlo sin respirar; aguanté con gran esfuerzo la
náusea que esperaba; tomé una porción de judías y abordé el siguiente trozo de
tomate; el mismo procedimiento que con el primero; logré tragarlo también. Mis
esfuerzos para acabar con el plato fueron enormes; creo que me puse colorado,
pero logré terminar la cena.
Temía problemas estomacales durante la noche, pero no hubo
ninguno; sólo al recordarlo notaba una inquietud en el estómago. Logré dormir
bastante apaciblemente.
Al día siguiente, a la hora de comer, nos sentamos con los
alumnos en un parque para dar buena cuenta de nuestra no muy abundante bolsa de
comida. Lo primero que encontré al abrir la mía fue un bollo de un pan un poco
raro relleno de lonchas de tomate y una especie de salami. ¡Otra vez el tomate!
¿Qué hago? Me están viendo mis alumnos; no lo podía tirar a una papelera; sería
un mal ejemplo; tampoco podía devolverlo a la señora de la familia que me lo
había preparado. Tenía que comerlo por encima de rechazos y náuseas…
Desde aquel día como tomate y disfruto de su sabor y textura.
Paulino Carasa
Experiencia gustativa asociada a un recuerdo negativo
Amarga
hamburguesa.
Era un día de verano de hace ya algunos años, y el sol brillaba esplendoroso. Mi familia había decidido organizar una barbacoa en el jardín, algo que ya se había convertido en tradición y que solíamos disfrutar una o dos veces cada año. Sin embargo, esa vez fue diferente. Mi padre atravesaba serios problemas en su empresa, y la tensión en casa era palpable.
Mientras
los olores de la parrilla llenaban el aire, yo estaba emocionado por probar las
hamburguesas que mi madre había preparado. Pero a medida que la tarde avanzaba,
las risas se convirtieron en murmullos tensos y miradas furtivas. En un momento
dado, mi padre estalló en una discusión con mi hermano menor sobre algo
trivial, pero la tensión acumulada salió a la superficie.
Había
lanzado el primer mordisco a mi hamburguesa cuando la pelea alcanzó su punto álgido.
El sabor de la carne jugosa se mezcló con la amargura de las palabras hirientes
que se lanzaban entre ellos. Aquel primer mordisco, que debería haber sido
delicioso, se volvió insípido y pesado en mi boca. La mezcla de sabores se
convirtió en un símbolo de la discordia familiar.
Desde
entonces, cada vez que pruebo una hamburguesa, no puedo evitar recordar aquel
día. El sabor ahumado me transporta instantáneamente a ese momento incómodo y
tenso. Aunque he intentado disfrutar de las hamburguesas en otras ocasiones,
siempre hay una sombra de ese recuerdo negativo que se cierne sobre mí.
José Fco. Gómez
El OÍDO
El estadio
El estadio está repleto. Un aforo propio de un partido importante. El griterío es atronador.
El árbitro hace sonar su silbato tres veces con contundencia y señala extendiendo el brazo hacia un lateral del campo. Es el descanso. Se retiran jugadores y colegiados hacia el túnel de vestuarios. El alboroto gritón de las gradas se transforma en un remanso de voces y comportamientos. Es el momento de relajarse. Cierro los ojos e intento alcanzar el sosiego tras la ansiedad generada por los nervios del partido. El equipo que quiero que gane no está jugando muy bien y el resultado es de empate. Y extendiendo mi cuerpo hacía atrás y con los ojos cerrados escucho. Y oigo a mi derecha el ruido que provoca romper un envoltorio de papel y el click de abrir una lata de refresco. Bocadillo y cerveza, pienso. Hacía mi izquierda voces de varón comentan aquella jugada que no terminó en gol porque había fuera de juego. No están muy convencidos de que existiera fuera de juego, pero, dicen, el árbitro es casero y nos pita en contra. Deduzco que son seguidores del equipo contrario al local. A mis espaldas escucho unas sonoras carcajadas y un comentario sobre un video gracioso de Tik Tok que visionan en el móvil, según comentan. Deduzco que son chicos jóvenes por el tono de sus voces y comentarios. Por delante, tres o cuatro escalones debajo de mi asiento, oigo la voz de una mujer advertir a un niño que se esté quieto de una vez y termine de merendar. También se oye voz de varón diciéndole al niño que no vuelve al fútbol si desobedece y se porta mal. Todo ello envuelto en un gran murmullo y miles de conversaciones y susurros que, si las localidades tuviesen unas sillas más confortables, mi relajación me hubiese transportado a los brazos de Morfeo. Seguro. Y me despertaría el árbitro con sus toques intensos de silbato cuando comenzase el segundo tiempo.
Por cierto, ahí está ya el colegiado y los jugadores. Suena de nuevo el silbato y comienza la segunda parte. Vuelve el griterío y el alboroto. Y vuelven la ansiedad y los nervios. A sufrir.
Pedro Rodríguez
ESCUCHAR SIN VER
Me encuentro en la terraza de casa, sentado en un sillón cómodo y con un libro en las manos. La temperatura es agradable, la lectura interesante y todo apropiado para disfrutar. Pero mira tu por donde la vecina enciende el televisor, aumenta el volumen y abre la ventana para refrescar. Total, que cierro el libro, entorno los ojos, me recuesto en el sillón y escucho los diálogos que transmite el aparato audiovisual de la vecina.
Imagino la escena. Un lugar cerrado, quizás el salón de una casa. Suena una música de ambiente que induce a pensar se trata de diálogos sobre un tema que requiere seriedad en su tratamiento. Se oye una voz de mujer, aparentemente mayor. Su tono es sereno, grave, habla en castellano y en pretérito. Parece ser que está relatando a los escuchantes algo ocurrido hace algunos años en una ciudad en la que residían antes de emigrar a la que en el presente tienen su domicilio. Hablaba de una desgracia habida en su entorno que había obligado a toda la familia a buscar nuevos horizontes en otro lugar. Una voz mas joven replica ahora y contesta a la anterior manifestándose con enfado y dolor porque, dice, nunca nadie la había informado de tales hechos y cree que tenía derecho a saber todo lo que concierne a su familia para así poder tomar en consideración los hechos y tomas sus propias decisiones. Quería seguir hablando, pero entonces una voz de varón, creo que también mayor, quizás incluso de edad avanzada, con tono grave y serio ordenó callar a la mujer joven y defendió le decisión que habían tomado de no informarla sobre los hechos para ahorrarle sufrimiento porque, consideraron, su edad no le parecía apropiada para gestionar hechos tan graves. Sigue un silencio. El volumen de la música aumenta y provoca sensación de ambiente tensionado. Se escucha abrir una puerta y alguien entra alterando la escena y gritando. Es voz de varón, aparentemente joven. Alguien grita. Se oye un disparo. Siguen más gritos. La tensión es máxima.
Vaya por Dios, ahora que estaba yo con máximo interés la vecina apaga el televisor y ya no sé si los gritos fueron de ella o de los interpretes del drama. En fin, vuelvo a coger el libro y sigo leyendo.
Pedro Rodríguez
UNA TERTULIA DE RADIO
Tengo la costumbre inveterada de sintonizar la radio mientras desayuno. Cada mañana, cuando me siento a la mesa, casi como un autómata, presiono la tecla de encendido para escuchar las noticias. Es una rutina que sólo interrumpo si estoy de viaje o en otros lugares distintos de mi casa; siempre escucho la misma emisora, por eso no muevo el dial; sí, el dial; en eso sigo siendo analógico. Convivo con esta radio, o tal vez sea ella la que convive conmigo, hace treinta años; me es fiel; no me falla nunca, a no ser que por circunstancias del tiempo atmosférico se crucen las ondas y se produzca ruido; esa deficiencia hace que los sonidos se vuelvan totalmente inconexos e inentendibles.
Hace unos días, ya estaba yo con las tostadas preparadas y el
café en su punto, cuando una serie de interferencias me obligaron a levantarme
de la mesa para ajustar mejor la sintonía. Fue imposible; no podía distinguir
las palabras del locutor; quedaban solapadas en un conjunto informe de
estridencias.
En vez de pulsar la tecla de apagado moví el dial a un lado y
otro tratando de sintonizar mejor la emisora. O encontrar otra también
emitiendo noticias. En vano; aun a riesgo de que se enfriara el café y las
tostadas quedaran fuera de punto, seguí en mi empeño. De pronto, en ese ajetreo
de búsquedas, en uno de los puntos de la banda de emisoras, sonó nítida y
transparente una música que yo conocía. Instintivamente me detuve; aquellos
sonidos eran agradables y me transportaban a momentos ya pasados, a la vez que
me traían recuerdos imprecisos. Volví a la mesa; hoy desayunaría escuchando
música en lugar de noticias.
Unos minutos después cesó la música y se impuso la voz bien
modulada de un locutor; me pareció una persona joven, pero muy experimentado en
diversas lides radiofónicas. Por la manera de expresarse, entendí que conducía
y moderaba una tertulia; esta debía de haber empezado antes del corte musical
pues no hizo ninguna presentación de los personajes que en ella intervenían.
El primero que tomó la palabra fue un hombre; por su manera
de hablar y expresarse, yo diría que se trataba de una persona de mediana edad,
con experiencia en negocios de barcos fluviales orientados al turismo de
paisaje en entornos rurales. Lo imaginé bien vestido, con traje azul claro;
seguro que su rostro denotaba interés en el tema
Después habló una mujer; tenía una voz suave, pero monótona,
con pocas inflexiones, sin cambio apenas de registro. La imaginé alta, bien
vestida, pelo oscuro, recogido por detrás en una especie de cola de caballo.
Diría que era guapa, pero, al mismo tiempo, carente de atractivo Hacía
referencia a rutas, tanto a pie como en bicicleta, que discurrían entre
viñedos. Supuse que estaría relacionada con alguna agencia o empresa de turismo
que buscaba atraer visitantes a zonas alejadas de las grandes ciudades en busca
de naturaleza pausada y relajante. Pero sus palabras carecían de entusiasmo y
tenían más tintes de ser obviedades que de resaltar los atractivos de los
lugares sobre los que giraba la conversación de los tertulianos.
Hablaron más personas, pero yo no podía saber aún qué se
debatía en aquella tertulia. Ya había terminado de desayunar, no obstante, me
pudo la curiosidad y decidí seguir escuchando. Habló otra persona; era un
lugareño, alguien que conocía la zona, su voz le delataba y dejaba al
descubierto su expresión poco cuidada; sin embargo, sus conocimientos sobre los
lugares a los que se referían eran muy precisos. Estoy seguro de que se trataba
de un señor mayor; aunque no lo dijo, yo sobreentendí que había pastoreado
rebaños de ovejas y cabras en esas zonas. Tal vez fuera el contrapunto al resto
de intervinientes.
Otra persona más intervino en el debate; su voz indefinida no
me permitió discernir con exactitud si era hombre o mujer. No es que hablase
con desgana, pero daba esa sensación; es como si estuviera de vuelta de todo lo
que los otros decían, como si sus argumentos no tuviesen validez para él; no
intentaba rebatirlos; tan sólo exponía los suyos y parecía tener la certeza de
que estos eran superiores a todos los demás que allí se estaban exponiendo. En
su intervención mencionó como de pasada una vieja estación de ferrocarril
abandonada hacía tiempo; Barca d’Alba, dijo.
Desconecté la radio; ya había oído bastante; aquellos
tertulianos, estoy seguro, discutían y debatían aspectos relacionados con
turismo de naturaleza. Los viñedos que crecen en las márgenes del río Duero y
ascienden por las suaves pendientes del valle. Estos y el río componían un
binomio de posibilidades de desarrollo turístico extraordinario.
El río Duero es navegables desde que sale de España en Barca
d’Alba hasta Oporto. Cuando llega a los Arribes gira hacia el Atlántico; se
ensancha y su corriente se torna más pausada. En aquella tertulia se debatía
sobre cuestiones turísticas relacionadas con la navegación por el Duero
combinada con el aprovechamiento de las rutas que se abrían entre los viñedos y
que recorrían las localidades del valle. Rutas a pie o en bicicleta ofertadas
desde el propio barco, que sería la residencia y el trasporte de los turistas.
Al mismo tiempo se promocionarían los excelentes vinos de la zona.
Aquella tertulia, o parte de ella, hizo crecer en mi el deseo
de visitar esos parajes y disfrutar de los paisajes. Iría algún día, seguro. Lo
haría en otoño, poco antes de la vendimia para gozar de ese estallido de
colores ocre, rojizo, siena, amarillo pálido de los viñedos. Y sentarme al
atardecer en algún pequeño embarcadero para llenar mi espíritu de la
mansedumbre del río mientras lentamente se desliza por sus aguas todo el
colorido otoñal de las colinas que lo rodean a la vez que el sol va poniéndose
allá en la lejana línea que marcan las aguas y el cielo abrasado de luces
imposibles y claroscuros hundiéndose en el río.
Pero mañana, a la hora del desayuno, seguiré con mi emisora
de noticias, si las ondas hercianas no enloquecen.
Paulino Carasa
EL DESCANSO DEL PARTIDO
Muchos años atrás había sido socio del club local de baloncesto. Después de unos partidos vibrantes frente a rivales complicados, logró el ascenso a la categoría más alta del basket nacional.
Durante algunas temporadas, el equipo se mantuvo en la
categoría. Yo disfrutaba enormemente de aquellas tardes de encuentros frente a
los equipos más fuertes y punteros de la división. El pabellón, por momentos,
era un clamor de gritos de ánimo y cánticos de alegría; otras veces, en
situaciones decisivas, había un silencio expectante; entonces sólo se oían los
sonidos agudos, casi metálicos, de las zapatillas de los jugadores en sus roces
y resbalones sobre el parquet; sonaban nítidas las órdenes de los técnicos y el
silbato de los árbitros restallaban como un látigo invisible.
Llegó un día en que la normativa federativa obligó a hacer
cambios en las sociedades deportivas. La nuestra no fue una excepción. Y con
ella vino la decadencia. Se cruzaron intereses políticos, económicos,
administrativos…que afectaron a la estructura del equipo. Se perdió la
categoría y lo trasladaron a la capital de la Comunidad.
Estos últimos años ha surgido un nuevo equipo en la localidad
que pelea por mantenerse en una categoría intermedia del baloncesto. Dos
semanas atrás, decidí asistir a un partido. Tal vez me animara de nuevo y me
hiciera socio.
Dentro ya del pabellón, me sentí un poco extraño; habían
cambiado tanto las cosas…El recinto no estaba lleno, pero, aun así, el ruido
era considerable: voces, gritos, chillidos, sonidos terriblemente agudos y
monocordes de una especie de trompetillas, golpeo de bombos y tambores… ¡Qué
sería con el pabellón lleno!
El partido estaba resultando entretenido. El equipo rival
oponía fuerte resistencia; por ello los gritos de ánimo de los seguidores
locales llenaban el pabellón; eran continuos, sin descanso y casi ahogaban los
sonidos chillones de aquellas trompetillas inmoduladas.
Llegó el descanso y pareció que el pabellón recobraba la
calma y la tranquilidad. Fue sólo una sensación momentánea; enseguida los
ruidos, voces, conversaciones a gritos, se mezclaron de tal manera que me
sentía como si flotara en un mar espeso entre olas con aristas que se clavaban
en mis oídos y hasta en mi ánimo.
Dos filas de asientos más abajo de donde yo estaba alguien
hablaba a no sé quién; yo le veía mover los labios, pero no podía oír ni
entender sus palabras; detrás de mi estaban sentados unos mozalbetes con esa
especie de trompetillas dichosas haciéndolas sonar desaforadamente. Cuando
estos cesaban en sus trompetazos, discusiones y voces ascendían desde las zonas
más próximas a la pista mostrando un descontento acalorado hacia la mesa de
asistentes arbitrales. Por encima de ellas, surgió potente y descontrolada otra
voz; no, no era voz, era un rugido: “Entrenador, inútil; si no sabes hacer más,
vete a tu casa”. La respuesta inmediata,
“vete tú, payaso”, atravesó el griterío como una exhalación que llegó nítida
hasta la última gradería. Indiferente a esta parafernalia, un vendedor de refrescos
y bocadillos se desgañitaba en vano pregonando su mercancía. Ahora, el speaker,
para hacer más llevadero el descanso del partido, voceaba comiéndose casi el
micrófono, algo referente a un concurso de enceste por parte de los
aficionados; unos pocos salieron trotando hacia él; empujones y golpes hasta
hacerse con los balones que estaban en un cesto.
Mientras, por los pasillos del graderío, carreras y saltos de
niños y jovenzuelos; atropellando y molestando a los espectadores que se habían
levantado a charlar o cambiar impresiones con conocidos situados en otras filas
de asientos.
Silbidos, improperios, insultos irrepetibles hacia los
jugadores del equipo contrario al salir de los vestuarios por una puerta
lateral. Más atronador fue un momento después el ruido de los instrumentos de
viento y percusión, los golpes en el piso y en los respaldos de los asientos al
entrar en la pista los jugadores locales. No podía entender las palabras, entre
soeces y festivas, que eran dirigidas al trío arbitral en su acceso a la
cancha; el festival de silbidos y sonidos guturales se imponía por encima de
todo. Una voz en off, imposible de entender, intentaba recordar a los
asistentes que ocupasen sus localidades.
Por fin comenzó la segunda parte y volvió, momentáneamente,
una tranquilidad relativa, una calma inestable.
Paulino Carasa
El sonido del descanso
La algarabía que se produce durante el descanso de un partido de fútbol es un fenómeno vibrante y lleno de energía. Durante este corto espacio de tiempo, los aficionados suelen aprovechar para comentar las jugadas más destacadas de la primera parte, discutir las decisiones arbitrales, expresar sus opiniones sobre el rendimiento de los jugadores y compartir sus expectativas para la segunda mitad del encuentro. El ruido puede incluir murmullos de preocupación o celebración dependiendo del resultado hasta ese momento.
Los
gritos de alegría o frustración resuenan en las gradas, mientras algunos
hinchas se levantan para estirarse o comprar refrescos, creando un bullicio
constante. Las conversaciones son animadas, con risas y gestos entusiastas que
reflejan la pasión por el deporte. En muchos casos, se pueden escuchar cánticos
y canciones que refuerzan el sentido de comunidad entre los seguidores del
equipo. También es común oír el sonido de los vendedores ambulantes ofreciendo
comida y bebida, lo que añade un toque adicional al bullicio general.
Además,
en algunos estadios, se organizan actividades o espectáculos para entretener a
la afición durante el descanso, lo que añade aún más dinamismo a la atmósfera.
En resumen, la algarabía del descanso es un momento clave donde la emoción y la
camaradería se entrelazan, creando una experiencia única para todos los
presentes.
La música activa nuestra capacidad creativa.
La mejor postura para ver la televisión es: sentado en una silla con el culo pegado al respaldo, la espalda recta y las rodillas a 90 grados. De acuerdo, voy a hacerlo, pero de espaldas al aparato infernal. Se trata de ir pasando canales cadenciosamente, a la espera de que una frase, una voz o un sonido me hagan rememorar una escena de una película.
Pulsa que te pulsa, nada enciende mi
imaginación. De pronto, un melancólico toque de piano acompañado por una
guitarra acústica activa mis neuronas. ¡Lo tengo!
Una polvorienta ciudad del Viejo Oeste. El
sol, en su punto más alto, lanza un calor abrasador sobre las calles desiertas.
Las casas de madera, con sus porches crujiendo, parecen estar conteniendo la
respiración.
En el centro de la plaza, un grupo de vaqueros, con
rostros curtidos por el sol, se agrupa junto al brocal de un pozo. Matojos
rodantes se deslizan por la plaza movidos por el viento. Dos pistoleros se enfrentan
en la calle principal, bajo un sol que proyecta sus sombras alargadas sobre el
suelo de tierra seca.
El silencio es absoluto; solo se escucha el suave
susurro del viento entre los edificios. Los espectadores contienen la
respiración, sabiendo que cualquier movimiento podría desencadenar el caos.
No más de diez pasos separan a los dos hombres,
cada uno con una mano descansando sobre la empuñadura de su revólver. Uno de
ellos, un forastero de mirada fría y decidida, lleva un sombrero negro que
oculta parte de su rostro. Su chaqueta de cuero está desgastada, pero su
postura es firme y segura. Frente a él, un vaquero local, conocido por su
rapidez y habilidad con las armas, ajusta su cinturón mientras observa a su
oponente con desdén.
Vuelve a sonar la música, ahora en una
mezcla de tensión y anticipación se vuelve más intensa, los acordes más
marcados. El ritmo se acelera creando una sensación de urgencia y peligro
inminente. Suenan tambores.
Ambos hombres se mueven al mismo tiempo, como si
estuvieran sincronizados. Las manos vuelan hacia las armas en un instante; el
sonido del metal al desenfundar resuena en el aire. Los disparos retumban como
truenos en medio de un silencio sepulcral. El polvo se levanta del suelo
mientras las balas atraviesan el aire.
La música alcanza el clímax: una explosión
de notas rápidas y dramáticas que imitan el sonido de los disparos.
El forastero es rápido y preciso; su primer disparo
impacta cerca del vaquero, quien reacciona instintivamente y devuelve el fuego.
La adrenalina corre por sus venas mientras ambos hombres esquivan y buscan
cobertura detrás de barriles y postes de madera.
La escena es caótica pero controlada; cada uno
intenta anticipar los movimientos del otro. Finalmente, tras unos momentos que
parecen eternos, uno de ellos logra su objetivo: un disparo certero que hace
caer al vaquero al suelo. El silencio regresa abruptamente mientras los
espectadores procesan lo ocurrido.
El forastero se queda inmóvil por un instante,
respirando pesadamente mientras observa a su oponente caer. La victoria es
suya.
La música cambia a una tonalidad más
sombría y lenta. Las notas se vuelven más profundas y resonantes, reflejando la
gravedad del momento.
José Fco. Gómez







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